En los últimos 27 años, los decesos por desnutrición en México se han reducido casi a la mitad, al pasar de 10,434 casos a 5,518, sin embargo este logro esconde una tragedia silenciosa. El 85.2% de los fallecimientos por desnutrición son personas mayores de 60 años.
No se trata solo de falta de alimento, sino de un deterioro invisible causado por diversos factores como las enfermedades crónicas, la pobreza, la soledad o la depresión, también los efectos secundarios de medicamentos o problemas físicos —como la falta de movilidad o la disminución de los sentidos— que terminan por impedir una dieta digna y suficiente.
La edad se convierte así en un factor de riesgo exponencial. Si bien la tasa nacional es de 4.2 muertes por cada 100 mil habitantes, esta cifra se duplica al cumplir los 70 años. La situación se vuelve crítica para los más longevos, después de los 85 años, la probabilidad de morir por desnutrición es casi 60 veces mayor que en el resto de la población.
Aunque la tendencia nacional es a la baja, en 2024 la crisis se agudizó en cinco estados. Quintana Roo lidera el crecimiento porcentual con un alarmante 71.4% (su cifra histórica más alta), seguido por Chiapas (+49.7%) e Hidalgo (+31.8%). Mientras que en Puebla (+27.4%) no solo aumentó sus cifras, también se convirtió en la entidad con la mayor cantidad de casos en todo el país.
La desnutrición no es solo un fallo biológico, es el reflejo de un entorno que ha dejado de proteger a quienes lo construyeron. Garantizar la seguridad alimentaria en la tercera edad no es solo un reto de salud pública, sino una deuda impostergable con nuestro propio futuro.


